Hoy solo cinco barberos en el centro de la ciudad, un herrero, un tipógrafo y un técnico en de máquinas de escribir sobreviven a ese avance de la tecnología que ha dado paso a nuevos oficios.
Los centros de estética, el internet y las litografías son algunos de los negocios que, sin querer, han acabado con oficios artesanales que durante los primeros cien años de la ciudad fueron protagonistas de la cotidianidad.
Mientras a comienzos del siglo XX eran protagonistas de la vida social y prósperos locales comerciales, hoy son negocios que subsisten solo en un reducido círculo de, más que clientes, amigos que siguen prefiriendo sus habilidades manuales a los avances de la tecnología y la industria.
En la cabeza de personalidades
Un cuadro que muestra las siluetas de los clásicos cortes humberto, argentino e italiano, un almanaque Bristol y la silla giratoria con la tira de cuero para afilar las navajas, confirman que se está en la Barbería Onofre, uno de los negocios más antiguos del centro de Villavicencio.
Jorge Enrique Melo, un boyacense nacido en Pachavita, es quien con una sonrisa atiende a los que aún creen en la habilidad de sus manos y sus tijeras.
“Aquí se afeitaban desde monseñores, hasta gobernadores y militares. Eso fue lo que me gustó de esta profesión, conocer a tantas personas”, dice Melo mientras agrega que nadie le enseñó el oficio que durante los últimos 33 años ha ejercido y que ‘todo fue practicando en fincas ganaderas’.
Añora la época en que atendía hasta 25 clientes en un día y cobraba cada corte a cuatro pesos.
“Desde que entraron los salones de belleza y los centros de estética llegan unos cinco al día y son amigos que desde siempre les he cortado el pelo”.
El último de los tipógrafos
Luis Upegui es tal vez el último de los tipógrafos en Villavicencio que se puede dar el lujo de decir que estudió para ejercer este oficio: “En 1965 me gradué como cajista de tipografía en una escuela especializada en oficios que había en Bello (Antioquia)”, recuerda.
Admitiendo la derrota frente a la industrialización de su profesión, dice que la tipografía fue desplazada hace más de una década en el Meta por los litógrafos y el screen, quienes trajeron nuevas máquinas que la reemplazaron.
“Hoy solo sirvo para ponerle títulos a los encuadernadores de libros y corregir los errores de los litógrafos”, agrega Upegui mientras ordena una serie de tipos que darán la presentación a la carátula de un trabajo de tesis.
Su época gloriosa la vivió con Editorial Bedout, donde trabajó hace 30 años: “Me vine de Bogotá hace 11 años porque casi no había trabajo y ahora es en Villavo donde estamos a punto de desaparecer”.
En casa de herreros hay más de cien años de oficio
Muy pocos ganaderos en el Llano no conocen las herraduras y marcas para reses que fabrica la Herrería Parrado, que durante 110 años ha permanecido vigente en la Calle del Resbalón de Villavo.
Eduardo Torres, el actual dueño, es el tercer heredero de una generación que empezó con su abuelo a finales del siglo XIX.
“Antes había ocho herrerías, pero la tecnología fue desplazando a los que trabajamos manualmente. Sin embargo no haber adquirido esas máquinas y seguir trabajando artesanalmente es lo que nos ha dado fama”, afirma, y aclara que aún hay figuras de marcas que solo pueden elaborar las manos del hombre.
Esta seguridad y el amor por el oficio que empiezan a demostrar sus sobrinos, le da para pensar que contrario a otras profesiones, la herrería, o al menos este negocio, seguirá vigente durante muchos años y seguirá siendo parte de la historia de la ciudad.
El zar de las máquinas de escribir
Con la experiencia de haber trabajado en Olivetti e IBM, dos de los pioneros en máquinas de escribir en el mundo, Otoniel Romero es de los pocos que pueden resolver hoy los daños en un aparato de estos que se han vuelto piezas de museo.
De hecho su negocio, en el centro de la ciudad, parece un museo.
“Llevo 45 años arreglando y sé que estas son reliquias”, afirma, mientras señala varias máquinas de escribir de diferentes partes del mundo y que pese al paso del tiempo siguen sirviendo.
“Mis clientes son chinos de mi misma edad que no aprendieron a manejar el computador y siguen usando al máquinas”, comenta.
Agrega que seguirá reparando máquinas de escribir y que adora su oficio porque gracias a él logró sacar adelante sus hijos,
“Cada aparato siempre será desplazado por otro. Tal vez un día los computadores sean reemplazados por otros y los que hoy los reparan, pasarán al olvido”.
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